La presa de las tres gargantas: un microsegundo que cambia la tierra
La construcción de la presa de las Tres Gargantas en China, un coloso de 37.000 millones de dólares y capaz de abastecer a decenas de millones de hogares, ha revelado un dato sorprendente: está alterando el ritmo del día en la Tierra.
Un efecto invisible, consecuencias reales
Si bien la noticia, inicialmente, generó el habitual murmullo de cifras y dimensiones, lo que realmente ha reavivado el interés es la afirmación de que la acumulación de esa inmensa masa de agua a 185 metros de profundidad ha modificado, aunque sea mínimamente, la rotación del planeta.
En 2005, el geofísico Benjamin Fong Chao, de la NASA, ya alertaba sobre la posibilidad de que semejante concentración de volumen afectara, a nivel sutil, la rotación terrestre. Y no es un simple chiste de física: la clave reside en el principio de conservación del momento angular, una ley fundamental que, de forma simplificada, establece que la cantidad de “giro” de un sistema no puede ser alterada, solo redistribuida.
Imaginemos un patinador sobre hielo: al extender los brazos, su giro se ralentiza; al pegarlos al cuerpo, se acelera. No se añade energía, sino que se modifica su distribución de masa. La Tierra funciona de manera similar, pero a una escala planetaria.
El llenado del embalse implica una redistribución de masa que, según cálculos, provoca una ralentización de la rotación, lo que se traduce en un alargamiento del día, de apenas 0,06 microsegundos. Un valor ínfimo, sí, pero con implicaciones concretas para la precisión de las sondas espaciales y la sincronización de las constelaciones de satélites. Un error de microsegundos puede significar desviaciones de kilómetros en la trayectoria de una misión lunar, como la que Artemis II está preparando.

Más allá de la presa: un panorama de alteraciones
Pero la presa de las Tres Gargantas no es, ni de lejos, el único factor que influye en la rotación de nuestro planeta. Investigadores del Centro Alemán de Investigación en Geociencias han puesto en evidencia que las consecuencias de la actividad humana superan con creces el impacto de la megaconstrucción. El ejemplo más dramático es el del mar de Aral, devastado en los años 60 por la desviación de sus afluentes para la producción de algodón. La pérdida de más de tres cuartas partes de su volumen generó un efecto sobre la rotación terrestre tres veces mayor que el de la presa china.
Asimismo, el deshielo de los glaciares de Groenlandia, que desplaza el eje de rotación hacia Canadá, tiene un impacto diez veces superior. Incluso eventos como el terremoto de Japón de 2011, que redistribuyó la masa de la corteza terrestre, acortaron el día en 1,8 microsegundos. Y en junio de 2022, se registró el día más corto jamás medido, un milisegundo por debajo de la media, debido a dinámicas internas aún no completamente comprendidas.
La realidad es que cada gran transformación que el ser humano impone sobre la superficie del planeta -una obra de ingeniería, la desecación de un lago, la pérdida de hielo ártico- es una variable física con consecuencias medibles. Y, a pesar de que algunos de estos efectos sean microscópicos, como el de la presa de las Tres Gargantas, otros, como el deshielo de Groenlandia, ya no lo son.
La conclusión es clara: la Tierra es un sistema delicado, y nuestras acciones, incluso las aparentemente insignificantes, pueden tener repercusiones globales y, paradójicamente, en la propia duración de nuestro día.
